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Chema Madoz |
Mientras mi hija ve la tele en el otro cuarto y aprende castellano, le entra por todos los poros pero aún no domina con absolutismo.
Este viaje ha sido, es y será uno de los más importantes en mi vida.
Venir sola con una nena chiquita, regresar después de 5 años de silencios y molestias constantes por no poder cerrar (ni querer reabrir) esa vieja herida que es irte de inmigrante a otro país. Con las vueltas de la vida, que te llevan no sólo a vivir lejos de tus afectos, sino a formar tu propia familia, empezar de nuevo por la millonésima vez, después de haber destruido, reconstruido y vuelto a destruir todo lo que alguna vez supuso ser tuyo.
Si me habré dado la cabeza contra la pared en todos estos años, creyendo que la felicidad era algo que estaba fuera de mí misma.
Y regresé a Buenos Aires, con el alma quebrada por las circunstancias de la vida; no teniendo trabajo ni dinero, conflictos amorosos, soledades, frustraciones, dolores (de los del alma y del cuerpo) y una sensación de no ser ni tener. Un gran vacío.